Memorias de la Segunda Plenaria

Cali 28, 29 y 30 de julio 1999

I. Discursos pronunciados en la instalación
 

3. Francesco Vincenti

Coordinador residente de Naciones Unidas en Colombia.

"El horror económico", la guerra y la paz.

En medio de dificultades muy grandes, pero también de vigorosos avances, el proceso de paz continúa en Colombia. Para un observador extranjero es admirable la tenacidad de los que quieren la paz, como desconcertante la obstinación de los que quieren la guerra. Existe una minoría muy poderosa a la cual no hemos podido convencer de que la reconciliación y la paz son el único camino que le queda al país.

Pero así como el gran enemigo de la construcción de confianza entre la guerrilla y el Estado, para un eventual cese al fuego, es el paramilitarismo, podemos decir, igualmente, que el gran enemigo de unas negociaciones profundas y sinceras, es el neoliberalismo. El liderazgo colombiano debe escoger una de dos opciones: hace neoliberalismo o hace la paz.

Lo anterior no es una simple afirmación personal. Por el contrario: con ella coinciden personas situadas en orillas tan opuestas como el Comandante Manuel Marulanda y el General Barry McCaffrey, el incisivo director de la DEA, cuya hostilidad contra la insurgencia es conocida.

Veamos: hace menos de un año, el Comandante Marulanda se preguntaba si con esta política económica y con este modelo económico, era posible hacer la paz. Y hace menos de una semana, el General McCaffrey dijo que sin empleo no habrá paz.

Los dos personajes tienen razón. Pero, ¿qué es lo específicamente enemigo de la paz que hay en el neoliberalismo? En mi opinión, es la enorme capacidad de producir pobreza y desigualdad social que tiene esta filosofía económica, que magnifica un modelo de sociedad, supuestamente dirigido por la mano invisible del mercado.

La economía neoliberal es fuerte en la industria del armamentismo, que necesita de la guerra como el que se está ahogando necesita del oxígeno; también lo es en la industria de la especulación financiera, que necesita de la corrupción, especialmente frente a lo público; y es fuerte en la industria de la comunicación que necesita de la manipulación y del embrutecimiento colectivo. Los escenarios de esa economía neoliberal son el desempleo de millones de seres humanos; el consumismo materialista, carente de toda ética y de todo humanitarismo; y la concentración del poder y la riqueza.

Los profetas del apocalipsis neoliberal afirman con todo cinismo que "a medida que se tomen las medidas progresistas, como son la desregulación, la globalización y las privatizaciones, inevitablemente, por triste que pueda parecer, habrá despidos masivos. Pero el país que se preocupe por ello, dejará de ser competitivo". Esta afirmación infame de Stephen Roach, el ideólogo norteamericano de la productividad, no debe iluminar los cerebros de los apóstoles colombianos de la paz.

En principio, los resultados tangibles de la globalización neoliberal contemporánea, benefician la concentración de la riqueza y el poder, hasta el punto de que los doscientos multimillonarios más ricos de los Estados Unidos manejan recursos superiores al PIB de 48 países, habitados por 600 millones de personas, y sus costos han corrido a cargo de la precarización del trabajo y la degradación del medio ambiente. Esta situación, evidente en el orden internacional, se repite de manera aún más crítica en el orden interno de las naciones. El modelo neoliberal actual excluye al 70% de la población, en los países tropicales, del acceso a márgenes mínimos de seguridad, estabilidad y bienestar.

Si estos determinantes económicos siguen dominando las prioridades de los países en desarrollo, nadie dude de que a la paz se llegará sólo después de una guerra de exterminio. Pero si, en un gran gesto de sensatez colectiva, se cambia el paradigma y el país inicia una discusión profunda que transforme lo que Viviane Forrester llama "el horror económico" en un modelo verdaderamente respetuoso de la capacidad humana de ser, de aprender y de producir, el proceso de paz servirá no solamente para construir la maqueta de la Colombia del futuro, sino también para transformar las terribles condiciones económicas, sociales y culturales de la Colombia del presente.

El proceso de paz necesita de enfoques más profundos que superen el sensacionalismo de lo meramente instrumental, porque, si no me engaño, algunos medios de comunicación, no sé si la mayoría, están haciendo su propia guerra. De ella, la primera víctima es la verdad.

Bastan dos referencias tomadas al azar: recientemente un noticiero de televisión mostró las imágenes de los cilindros de gas, propiedad de la microempresa distribuidora en San Vicente del Caguán, como si fueran un arsenal de las FARC en la zona de distensión. Vinieron luego las rectificaciones masivas, pero el daño estaba hecho. Ese mismo noticiero, en esa misma emisión, mostraba imágenes de movilizaciones de guerrilleros y declaraciones de comandantes, que supuestamente se transmitían desde la zona, lo cual era imposible, porque el sistema satelital no estaba funcionando. De igual modo, se superponen diálogos sobre imágenes de archivo, sin aclarar la naturaleza de dichas imágenes. En resumen: nada afecta más el proceso de paz, que la guerra de la desinformación. Esa guerra tiene raíces políticas, pero, principalmente, económicas.

Algunos propietarios de medios parecen estar más dispuestos a pagar los precios de la guerra que los de la paz: están equivocados. Ojalá comprendan que están profundamente equivocados. Muchas gracias.

 
   
       

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