Al borde del fiasco
En Ginebra (Suiza), del 23 al 25 de julio, se realizó la reunión entre el ELN, sectores de la sociedad colombiana y el gobierno. El mejor resultado: la reunión terminó sin rupturas lamentables.
Había quienes esperaban la reunión de Ginebra con ansiedad. Algunos creían que ella solucionaría los líos de la negociación con el ELN. Para otros sería la oportunidad para terminar el cerco que de muy distintas maneras se le viene tendiendo a este grupo. Otros más esperaban de esta cita, la libertad de sus seres queridos. No siempre las expectativas tienen fundamento, aunque siempre están en relación con esfuerzos en curso que esperan encontrar suceso en una determinada circunstancia.
A diferencia del anterior encuentro de Mainz (o Maguncia como prefiere la tradición española), en Ginebra los participantes fueron muchos más, casi ochenta esta vez. Fue mayor la representación política y social. Una representación tan amplia que dio cabida incluso a quienes valoran (aban) que el ELN es (era) una fuerza derrotada, con la que no cabe negociar sino a la que es preciso llevar a capitular. Son las contradicciones propias de la aspiración a que la sociedad civil participe del proceso de paz, participación sin la cual ésta es imposible.
Otra diferencia que merece valorarse es que la reunión se inscribió en un proceso de conversaciones en curso y del que ya se han cosechado frutos. El gobierno ha reconocido status político al ELN, posibilitó la asistencia a Ginebra de los voceros de esta agrupación (Francisco Galán y Felipe Torres) y ha avalado las gestiones que desde la sociedad civil se vienen haciendo en favor del diálogo. El ELN, para decir verdad, también ha puesto de su parte. En los meses previos a la reunión habían cesado los taponamientos de vías, las voladuras de torres de energía habían disminuido, se cumplió una tregua en Semana Santa, se habían liberado secuestrados por razones humanitarias y hasta se había planteado una zona de encuentro regulada, respetuosa de los derechos y garantías de la gente, sin prescindencia de las autoridades locales y dispuesta a aceptar la verificación nacional o internacional.
Otro rasgo diferente en relación al contexto de Mainz, es el mayor compromiso internacional. La aproximación entre el ELN y el gobierno colombiano tiene hoy el respaldo de un grupo de países (Noruega, Cuba, Francia, Suiza y España), que sin duda servirá para limar diferencias y superar dificultades. En este sentido, puede decirse que hoy las cosas tienen un piso mucho más sólido.
Una discusión sin acta
Aunque no existe una relatoría oficial, conversaciones con diferentes participantes permiten reconstruir lo que pueden ser los principales aspectos de estas deliberaciones.
Uno de los objetivos centrales era escuchar y discutir la propuesta de consenso nacional que el ELN habría de presentar al país. En opinión de los dirigentes de esta agrupación, ya existe un consenso en Colombia y es la necesidad de profundas transformaciones que permitan superar el actual período de guerra. Cambios que sólo serán posibles si surgen desde la misma sociedad. Por esto, de lo que se trata es de construir escenarios en los que la nación pueda efectivamente definir el sentido de los cambios, lo que en últimas es el contenido y el norte de la convención. Ginebra debía precisar el consenso que la hiciera viable.
De modo complementario, otros ponen el énfasis en que el consenso es el método a través del cual, en los distintos momentos del proceso de paz, la sociedad colombiana puede definir lo que son los grandes propósitos nacionales y a partir de los cuales sea viable no solo reconstruir la sociedad colombiana sino superar los factores que han llevado al recurso a la violencia. En consecuencia, el camino es la búsqueda de acuerdos políticos por el camino del diálogo. La convención es un espacio privilegiado para que la sociedad pueda forjar el consenso para la paz.
De otra parte, las conclusiones a que ésta pueda llegar necesitan ser avaladas por la mesa de negociación entre el gobierno y la insurgencia, a la vez que sometidas a la ratificación de una constituyente con lo que ganarían el carácter de norma constitucional. A la mesa de negociación le corresponderían, en sentido estricto, los aspectos técnicos de la transición a la convivencia reconstruida. De esta manera el consenso es al tiempo que condición para que el proceso de paz tome vuelo, el principal de sus resultados.
Para alguno de los asistentes el problema era práctico: cómo empezar la negociación ya y en el marco de ella ir asumiendo el conjunto de los problemas concretos. El de la zona de encuentro, por ejemplo. Asunto accesorio, para otros, pues en su opinión conviene desterritorializar la negociación, de modo que sea viable en cualquier parte, dentro o fuera de Colombia y ojalá afuera.
Pero había un problema...
Cuenta el periodista y sociólogo Alfredo Molano que el comienzo de la reunión fue apacible. Todo el mundo brindaba por la paz y en ella todos se identificaban. Se discutía sobre consensos y disensos con fruición de filólogos y pasión de ingenieros. Pero, no es Colombia un país en guerra y no es esta una reunión representativa de la sociedad que la padece?
La verdad que había también elementos negativos en el contexto de esta reunión. Una tenaza avanzaba sobre el campamento del comando central del ELN en la Serranía de San Lucas. La pretensión era soberbia: demostrarle al mundo que toda la parafernalia de comitivas al extranjero y reuniones para concertar eran lujo superfluo porque el ELN era una fuerza derrotada, expulsada de su territorio. Uno de los componentes de la tenaza manifestó desconocer lo que ocurría en el sur de Bolívar. La extraña mixtura de guerra y diálogo, tan censurable en otros casos, en este era recurso legítimo e incluso necesario.
Así que la realidad doméstica de la guerra se coló en el distante escenario de la paz. El procurador declaró un receso para que gobierno y ELN dialogaran a solas. Este último reclamaba que lo que ocurría en el Sur de Bolívar, no era compatible con lo que ocurría en Ginebra, debían levantarse de la mesa.
Dicen quienes lo vieron que mientras la mayoría se debatía en la angustia por la eventual ruina de la reunión y del proceso de paz, otros brindaban con ansiedad por el seguro fracaso de las cosas.
Sin embargo, a la larga se impuso la mayoría para salvar la reunión del fracaso. La breve declaración de dos páginas, si bien no asume el complejo tejido del consenso -la convención, la mesa de negociación y la constituyente-, sí asume los problemas políticos de la reunión y de su contexto.
En la declaración la mayoría de los asistentes respaldaron «el proceso de paz que se viene adelantando con el ELN y los acuerdos hasta ahora logrados». Afirmación que no gustó a algunos, porque en su opinión no debe existir zona de encuentro y por lo que rehusaron firmar el documento. Frente a la situación del Sur de Bolívar se confió a los países amigos y a la comisión facilitadora el encargo de crear condiciones para continuar el desarrollo del proceso. Se ratificó la decisión de realizar la Convención Nacional y se pidió que en las conversaciones entre las partes se incluya como prioritario la definición de un acuerdo que permita la plena aplicación del DIH. Sorprende sí, el silencio sobre el Plan Colombia, como si fuera para otro país, para otra gente o no fuera a repercutir en lo más mínimo en el proceso de paz.
No es la Declaración de Ginebra un texto vibrante, que se lanza a la sensibilidad del lector como un estímulo poderoso. En cada uno de sus renglones aparecen el apremio y la tensión en que fueron redactados. Contra nuestra tradición, este manojo de palabras --casi siempre inútiles-- tuvo la virtud de salvarnos de un fiasco. Ojalá sea eficaz también para forzar la seriedad de las partes y llevarlos a generar confianzas y a superar obstáculos.
Algún poeta nuestro sacrificaba un mundo para pulir un verso. Ahora, la reunión de Ginebra sacrificó una proclama para salvar un proceso de paz. Ladran, Sancho...
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