LANZAMIENTO DEL
"Acuerdo Humanitario para
la protección, prevención, asistencia humanitaria
y retorno sobre el desplazamiento forzado"
Bogotá, 21 de noviembre de 2000
Por: Anders Kompass
Director de la Oficina en Colombia del Alto Comisionado
de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos
Agradezco profundamente la invitación de la Asamblea Permanente de la Sociedad Civil por
la Paz, y quiero aprovechar esta oportunidad para hacer un reconocimiento a las
organizaciones de la sociedad civil colombianas por su compromiso en la lucha por la
vigencia de los prinicipios fundamentales para el de la dignidad humana.
El respeto, la protección y respeto garantía de los derechos humanos son la base esencial
de toda la sociedad democrática y de un estado de derecho. Este precepto tiene hoy un
contenido universal y esta es la noción que refleja la propia Constitución Política de
Colombia.
No obstante, en la realidad colombiana, no basta con las normas de derechos humanos, pues
cobran un valor significativo todas las reglas humanitarias que se desprenden del
llamado Derecho Internacional Humanitario.
Las guerras han sido una fuente de aprendizajes dolorosos de las naciones y de los pueblos
y han tenido una incidencia particular en el desarrollo del derecho internacional. El
horror de la segunda guerra mundial puso en evidencia, la necesidad, para la comunidad de
naciones, de establecer reglas que fomentaran y permitieran la convivencia pacífica.
La Carta de las Naciones Unidas, de 1945, desautoriza la guerra como medio de
resolución de conflictos. La Declaración Universal de Derechos Humanos, del 1948, reconoce
un mínimo básico de derechos y principios fundamentales de las personas, con carácter
universal, en respuesta a los "actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la
humanidad" . Sin embargo, como esta realidad también coexiste la guerra, se impulsaron
normas que la regulen y disminuyan las consecuencias nefastas de los conflictos. Así,
se construyó el Derecho Internacional Humanitario.
El respeto y la defensa del DIH, y de todos los derechos y libertades fundamentales,
debe comprometer a todos los Estados y comunidades en la búsqueda sincera por alcanzar
el objetivo de paz y convivencia armónica que se merece la humanidad en su conjunto.
En Colombia, este compromiso debe ser común a toda la sociedad y el "Acuerdo Humanitario
para la Protección, Prevención Asistencia Humanitaria y Retorno sobre el Desplazamiento
Forzado", que están ustedes impulsando, es representativo de los esfuerzos sinceros para
mejorar las condiciones de vida de los colombianos en el marco del conflicto armado y
construir puentes efectivos hacia la paz.
Todas las sociedades del mundo aspiran a una paz que no se lee como ausencia de guerra
sino como la posibilidad concreta de ejercer sus derechos fundamentales . No se puede
discutir e identificar la sociedad que se quiere y las estructuras preferidas para
organizarla en medio del hostigamiento, amenazas, los desplazamientos y la destrucción de
las familias. La barbarie dificulta la reconciliación y aleja las perspectivas de
convivencia.
En este marco, son esenciales los acuerdos en materia de derechos humanos y de derecho
internacional humanitario.
Es importante recoger de la historia reciente otras experiencias en materia de procesos
de paz. En América Latina, el caso de El Salvador y de Guatemala, por ejemplo, deben ser
consultados, no para copiar forzosamente esas experiencias y repetirlas, sino para
beneficiarse de las lecciones aprendidas en relación con los aciertos, obstáculos y
dificultades y tomarlos en cuenta en el proceso colombiano. En ambos países se
convinieron acuerdos previos en materia de derechos humanos como uno de los primeros pasos
fundamentales en los avances hacia la paz. El Acuerdo sobre Derechos Humanos de San José
, entre el gobierno de El Salvador y el FMLN en 1990, o el Acuerdo Global sobre derechos
humanos, entre el gobierno de Guatemala y la URNG en 1994, son acuerdos previos a la
firma de la paz, que le han dado la credibilidad e impulso a esos procesos, en la medida
en que se establecían unos compromisos primarios en relación con la protección de
derechos fundamentales de las personas.
La comunidad internacional, como mi Oficina, se ha pronunciado, mediante la Declaración
del presidente de la Comisión de Derechos Humanos, de Naciones Unidas, y señalado el
reconocimiento y la necesidad de continuar los esfuerzos para encontrar una solución
negociada al conflicto armado colombiano, así como de alcanzar, con carácter prioritario,
un acuerdo global sobre derechos humanos y DIH.
Así mismo, la Alta Comisionada, en un comunicado público reciente, señaló la urgencia
de ese Acuerdo Global y manifestó que "Un Acuerdo de esta naturaleza resulta esencial,
tanto para dar mayor viabilidad y legitimidad al proceso de paz, como para avanzar en
la discusión de temas que, eventualmente, contribuirán a la configuración del perfil de
una nueva Colombia. En este momento dicho acuerdo representaría un significativo gesto
de paz, particularmente si en él se establecen mecanismos para proteger a la población
civil y lograr la efectiva salvaguardia de los derechos y libertades fundamentales de
todos los colombianos".
Los niveles alarmantes de violaciones de derechos humanos y de derecho internacional
humanitario plantean seriamente la actualidad de un acuerdo integral sobre derechos
humanos y DIH en Colombia, que permita de manera creíble, transmitir a la sociedad
colombiana gestos y hechos concretos de paz para construir responsablemente la sociedad
pacífica a la que aspiran.
Las negociaciones de paz no pueden desarrollarse independientemente de las normas y
compromisos internacionales. No sólo el Estado tiene responsabilidades frente a ellos,
sino también los grupos insurgentes, quienes en su calidad de participantes activos en un
conflicto armado, están igualmente obligados a respetar a las personas y bienes
protegidos por las reglas del Derecho Internacional Humanitario.
Las normas internacionales y sus órganos de protección de derechos humanos no han sido
suficientes para asegurar compromisos profundos de los Estados y de los individuos y la
adaptación de sus conductas y acciones a esos preceptos universales, evitar las guerras o
responsabilizar adecuadamente a quienes atentan contra ellos. Las víctimas, con frecuencia
impotentes ante la violencia y la arbitrariedad, no siempre han logrado ser escuchadas y
obtener satisfacción y reparación.
Por ello, la búsqueda de mecanismos efectivos y de acuerdos que reafirmen la
obligatoriedad de normas de comportamiento para el Estado y los actores armados y que
construyan compromisos sólidos frente a la sociedad civil -con demasiada frecuencia
víctima del conflicto armado- permitirá afianzar las esperanzas de paz y de convivencia
de los colombianos.
La Oficina que represento seguirá acompañándolos en estos esfuerzos y recordándole a los
violentos sus responsabilidades. El mundo de hoy , así como el Derecho Internacional,
está poniendo en cruda evidencia que cada día se cierran nuevas puertas a la impunidad
de actos atroces y se solidifican los brazos de la justicia, más allá de las fronteras.
Este es un mensaje que no puede ser desconocido, ni desoido, por aquellos que, como
Estado o como actor armado combatiente debe rendir cuentas de sus acciones ante la
sociedad y ante el mundo.
El desafío es conjunto. De la sociedad colombiana y de la comunidad internacional, en la
búsqueda de respuestas eficaces al clamor de los desplazados, los familiares de los
desaparecidos, los secuestrados, y de tantas víctimas colombianas , y aun extranjeras
que reclaman la paz.
Muchas gracias
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